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La caverna iniciática y las puertas solsticiales según René Guenón



En la muerte al mundo profano seguida del “descenso a los infiernos”, que se realiza en la caverna, no hay más que una preparación a la iniciación. Esta muerte es asumida como un “segundo nacimiento” y como un paso de las tinieblas a la luz. Muerte y renacimiento son dos caras de un mismo cambio de estado, y el paso de un estado a otro debe verificarse en la oscuridad. En este sentido la caverna sería el lugar oportuno de dicho tránsito. Muy lejos de constituir un logar tenebroso, la caverna iniciática está iluminada interiormente, de modo que, muy al contrario la oscuridad reina fuera de ella, pues el mundo profano se asimila a las “tinieblas exteriores” y el “segundo nacimiento” es a la vez una iluminación. Adviértase que, cuando la misma cueva es el lugar de la muerte iniciática y del segundo nacimiento, debe entonces ser considerada como acceso no sólo a los dominios subterráneos o infernales, sino también a los dominios supraterrenales.

Desde el punto de vista iniciático también debe considerarse la distinción importante entre el “segundo nacimiento” y el “tercer nacimiento” que se relacionan con la iniciación a “los pequeños misterios” y a “los grandes misterios”. El segundo nacimiento también se conoce como “regeneración psíquica” y tiene lugar en el ámbito de las posibilidades sutiles del individuo. El “tercer nacimiento” se efectúa directamente en el orden espiritual y es el acceso al ámbito de las posibilidades supraindividuales. El primero es propiamente un “nacimiento en el cosmos”, el segundo es “extracósmico”, y esta “salida del cosmos” según la expresión de Hermes, ha de corresponder, para que el simbolismo sea completo, una salida final de la cueva. Ésta contiene las posibilidades incluidas en el “cosmos” las que el iniciado debe superar en esta nueva etapa de desarrollo de su ser, del cual el “segundo nacimiento” no era en realidad más que el punto de partida.


La salida de la cueva iniciática, considerada como representación de la “salida del cosmos” se ha de efectuar, al parecer, por una obertura situada en el cenit de la bóveda. Según ciertos rituales de dicho punto pende la “plomada del Gran Arquitecto” que señala la dirección del eje del mundo que indica “techo del mundo”. Cabe señalar que para que la salida pueda producirse es preciso retirar una piedra de la bóveda que correspondería a la “clave de bóveda” del Royal Arch.

La cueva iniciática o caverna no tiene otra salida que la cenital y esta tendrá que servir de entrada y salida. A pesar que la entrada y la salida de la cueva deberían situarse en los dos puntos opuestos del eje y puesto que es impensable que una entrada a los “grandes misterios” se realice a través de un viaje subterráneo, encontramos la solución al enigma a través del simbolismo solar; concretamente a través del ciclo anual de los solsticios de verano y de invierno que son los dos puntos que corresponden el eje norte-sur. Siendo así, la caverna "cósmica" podrá tener dos puertas "zodiacales", opuestas según el eje que acabamos de considerar, y por lo tanto correspondientes, respectivamente, a los dos puntos solsticiales, una de las cuales servirá de entrada y la otra de salida. La puerta de entrada se designa a veces como la "puerta de los hombres", quienes entonces pueden ser iniciados en los "pequeños misterios" como simples profanos, puesto que no han sobrepasado aún el estado humano; y la puerta de salida se designa entonces, por oposición, como la "puerta de los dioses", es decir, aquella por la cual pasan solamente los seres que tienen acceso a los estados supraindividuales.

Hemos dicho que las dos puertas zodiacales, que son respectivamente la entrada y la salida de la "caverna cósmica" y que ciertas tradiciones designan como "la puerta de los hombres" y la puerta de los dioses", deben corresponder a los dos solsticios, debemos ahora precisar que la primera corresponde al solsticio de verano, es decir, al signo de Cáncer, y la segunda al solsticio de invierno, es decir, al signo de Capricornio. Para comprender la razón, es menester referirse a la división del ciclo anual en dos mitades, una "ascendente" y otra "descendente": la primera es el período del curso del sol hacia el norte (uttaràyana), que va del solsticio de invierno al de verano; la segunda es la del curso del sol hacia el sur (dakshinàyana), que va del solsticio de verano al de invierno. En la tradición hindú, la fase "ascendente" está puesta en relación con el deva-yâna ["vía de los dioses"], y la fase descendente con el pitr-yâna ["vía de los padres (o antepasados)", lo que coincide exactamente con las designaciones de las dos puertas que acabamos de recordar: la "puerta de los hombres" es la que da acceso al pitr-yâna, y la "puerta de los dioses" es la que da acceso al deva-yâna; deben, pues, situarse respectivamente en el inicio de las dos fases correspondientes, o sea la primera en el solsticio de verano y la segunda en el solsticio de invierno. Solo que, en este caso, no se trata propiamente de una entrada y una salida, sino de dos salidas diferentes: esto se debe a que el punto de vista es otro que el referente de modo especial al papel iniciático de la caverna, bien que en perfecta conciliación con éste.

 En efecto, la "caverna cósmica" está considerada aquí como el lugar de manifestación del ser: después de haberse manifestado en ella en cierto estado, por ejemplo en el estado humano, dicho ser, según el grado espiritual al que haya llegado, saldrá por una u otra de las dos puertas; en un caso, el del pítr-yâna, deberá volver a otro estado de manifestación, lo que estará representado, naturalmente, por una nueva entrada en la "caverna cósmica" considerada así; al contrarío, en el otro caso, el del deva-yâna, no hay ya retorno al mundo manifestado. Así, una de las dos puertas es a la vez una entrada y una salida, mientras que la otra es una salida definitiva; pero, en lo que concierne a la iniciación, esta salida definitiva es precisamente la meta final, de modo que el ser, que ha entrado por la "puerta de los hombres", debe salir, si ha alcanzado efectivamente esa meta, por la "puerta de los dioses". La “puerta de los dioses” sólo puede ser una entrada en el caso de un descenso voluntario al mundo manifestado, sea de un ser ya “liberado”, sea de un ser que representa la expresión directa de un principio “supracósmico”.

En el pitagorismo el simbolismo zodiacal parece haber tenido una pareja importancia. Las expresiones puerta de los hombres y puerta de los dioses son precisamente de raigambre griega. Según Jerome Carcopino los pitagóricos habían construido toda una teoría sobre las relaciones del zodíaco con la migración de las almas.  Proclo y a Porfirio: concuerdan en atribuir a Numenio la determinación de los puntos extremos del cielo: el trópico de invierno, bajo el signo de Capricornio, y el trópico de verano, bajo el de Cáncer, y en definir, evidentemente siguiendo a Numenio y según los "teólogos" que éste cita y que le han servido de guías, Cáncer y Capricornio como las dos puertas del cielo. Sea para descender a la generación, sea para remontarse a Dios, las almas debían, pues, necesariamente franquear una de ellas". Según Proclo, Numenio afirmaba que por la puerta de Cáncer tenía lugar la caída de las almas en tierra, y por la de Capricornio, el ascenso de las almas al éter.

Acabamos de ver que el simbolismo de las dos puertas solsticiales, en Occidente, existía entre los griegos y más en particular entre los pitagóricos; se lo encuentra igualmente entre los latinos, donde está esencialmente vinculado con el simbolismo de Jano que es propiamente el ianitor ["portero"] que abre y cierra las puertas (ianuae) del ciclo anual, con las llaves que son uno de sus principales atributos; y recordaremos a este respecto que la llave es un símbolo "axial".  Jano [Ianus] ha dado su nombre al mes de enero (ianuarius), que es el primero, aquel por el cual se abre el año cuando comienza, normalmente, en el solsticio de invierno; además, cosa aún más neta, la fiesta de Jano, en Roma, era celebrada en los dos solsticios por los Collegia Fabrorum. Como las puertas solsticiales dan acceso, según lo hemos dicho anteriormente, a las dos mitades, ascendente y descendente, del ciclo zodiacal.  Jano era el dios de la iniciacióny esta atribución es de las más importantes, no solo en sí misma sino además desde el punto de vista en que ahora nos situamos, porque existe una conexión manifiesta con lo que decíamos sobre la función propiamente iniciática de la caverna y de las otras "imágenes del mundo" equivalentes de ella, función que nos ha llevado precisamente a considerar el asunto de las puertas solsticiales. A ese título, por lo demás, Jano presidía los Collegia Fabrorum, depositarios de las iniciaciones que, como en todas las civilizaciones tradicionales, estaban vinculadas con el ejercicio de las artesanías.

En el cristianismo, las fiestas solsticiales de Jano se han convertido en las de los dos San Juan, y éstas se celebran siempre en las mismas épocas, es decir en los alrededores inmediatos de los solsticios de invierno y verano. La sucesión de los antiguos Collegia Fabrorum, por lo demás, se transmitió regularmente a las corporaciones que, a través de todo el Medioevo, mantuvieron el mismo carácter iniciático, y en especial a la de los constructores; ésta, pues, tuvo naturalmente por patronos a los dos San Juan, de donde proviene la conocida expresión de "Logia de San Juan" que se ha conservado en la masonería, pues ésta no es sino la continuación, por filiación directa, de las organizaciones a que acabamos de referirnos.  Aun en su forma especulativa" moderna, la masonería ha conservado siempre también, como uno de los testimonios más explícitos de su origen, las fiestas solsticiales, consagradas a los dos San Juan después de haberlo estado a los dos rostros de Jano y así la doctrina tradicional de las dos puertas solsticiales, con sus conexiones iniciáticas, se ha mantenido viva aún, por mucho que sea generalmente incomprendida, hasta en el mundo occidental actual.



Aunque el verano sea considerado generalmente como una estación alegre y el invierno como una triste, por el hecho de que el primero representa en cierto modo el triunfo de la luz y el segundo el de la oscuridad, los dos solsticios correspondientes tienen sin embargo, en realidad, un carácter exactamente opuesto al indicado; puede parecer que hay en ello una paradoja harto extraña, y empero es muy fácil comprender que sea así desde que se posee algún conocimiento sobre los datos tradicionales acerca del curso del ciclo anual. En efecto, lo que ha alcanzado su máximo no puede ya sino decrecer, y lo que ha llegado a su mínimo no puede, al contrario, sino comenzar a acrecerse en seguida por eso el solsticio de verano señala el comienzo de la mitad descendente del año, y el solsticio de invierno, inversamente, el de su mitad ascendente; y esto explica también, desde el punto de vista de su significación cósmica, estas palabras de San Juan Bautista, cuyo nacimiento coincide con el solsticio estival: "Él (Cristo, nacido en el solsticio de invierno) conviene que crezca, y yo que disminuya"

Solsticio de verano

Puerta de los hombres

Ciclo ascendente (hacia el norte)

Del solsticio de invierno al de verano

Uttarayana

Acceso a pitri-yana

Puerta de entrada y salida

Polo sur del año

Signo de Cáncer



Solsticio de invierno

Puerta de los dioses

Ciclo anual descendente (hacia el sur)

Del solsticio de verano al de invierno

Dakshimayana

Acceso al deva-yana

Puerta de salida

Puerta de entrada voluntaria y exclusiva para un ser liberado

Polo norte del año

Signo de Capricornio



Bibliografía: Artículos de René Guenón encontrados en Internet.

Para saber más: “Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada” René Guenon. Paidós Orientalia.

La vía iniciática


"Cuando Dios terminó la creación del mundo, empieza a contemplar la posibilidad de crear al hombre, cuya función será meditar, admirar y amar la grandeza de la creación de Dios. Pero Dios no encontraba un modelo para hacerlo. Por lo tanto se dirige al primer ejemplar de su criatura, y le dice: "No te he dado una forma, ni una función específica, a ti, Adán. Por tal motivo, tendrás la forma y función que desees. La naturaleza de las demás criaturas la he dado de acuerdo a mi deseo. Pero tú no tendrás límites. Tú definirás tus propias limitaciones de acuerdo con tu libre albedrío. Te colocaré en el centro del Universo, de manera que te sea más fácil dominar tus alrededores. No te he hecho mortal, ni inmortal; ni de la tierra, ni del cielo. De tal manera, que podrás transformarte a ti mismo en lo que desees. Podrás descender a la forma más baja de existencia como si fueras una bestia o podrás, en cambio, renacer más allá del juicio de tu propia alma, entre los más altos espíritus, aquellos que son divinos." 

Esta cita pertenece a Giovanni Pico della Mirandola que fue un humanista y filósofo italiano del siglo XV que se esforzó en demostrar que la verdadera naturaleza del cristianismo era la confluencia de todas las tradiciones filosóficas anteriores, incluidas la filosofía griega, la alquimia y la cábala. 

La cita sitúa al hombre en una situación privilegiada respecto al resto de la creación y en posición intermedia entre el Cielo y la Tierra, dejando a su libre albedrío la opción de vivir en la tierra como un simple animal o la de alzarse en busca del camino de la divinidad. 

A lo largo de la historia y a partir de la toma de consciencia de su espiritualidad el hombre ha buscado y sigue buscando la escalera al Cielo ya sea por medio de la vía mística o la vía iniciática. Estas dos vías se muestran como caminos hacia el mundo de lo divino pero hay que tener presente, tal como les sucede a Dante en la Divina Comedia, que la vía mística separa al hombre de la Tierra y sólo es accesible para seres extraordinarios como fueron por ejemplo, Jesús, Mahoma o Buda. 

En su intento de ascensión mística Dante es detenido por tres fieras que se interponen en su camino, una pantera, un león y una loba hambrienta. La pantera representa el pecado de la lujuria que padeció Dante, el león simboliza la soberbia, el orgullo y la ambición moral de su propia naturaleza, y la loba hambrienta la avaricia y la codicia del poder papal y político de su tiempo. 

Ante la imposibilidad de poder seguir avanzando hacia la Luz, aparece Virgilio diciéndole que para proseguir debe seguir otra ruta, la iniciática. De esta forma se ofrece a ser su guía y empezar el descenso hacia el infierno, donde en su interior se encuentra el camino hacia el Cielo. 

Este descenso al infierno, al inframundo, o al interior de la tierra representa el regreso al útero de la Gran Madre y tiene sus correspondencias con el VITRIOL y la máxima Solve et Coagula de la alquimia, el despojo masónico de los metales, el segundo nacimiento de la filosofía perenne y, entre otros, el proceso de individuación de Jung en el que el descenso al inframundo equivale al viaje a lo inconsciente de la mente. 

Los cultos mistéricos de antigüedad como el de Isis, Eleusis, Dionisos o Mitra, el hermetismo, el pitagorismo, el gnosticismo, la cábala, la alquimia, el neoplatonismo, el rosacrucismo son algunos ejemplos de las tradiciones iniciáticas por las que ha transitado la humanidad a lo largo de la historia. 

En la masonería podemos ir descubriendo muchas analogías con todas estas antiguas tradiciones que anhelan ascender por la escalera de Jacob. Todas ellas comparten, con distinto nombre, un único misterio basado en la muerte y la resurrección que hace referencia a la muerte de lo viejo, que representa nuestra naturaleza animal y el nacimiento de lo nuevo simbolizado por nuestra naturaleza espiritual. 

Según la mitología Dioniso era el hijo de Zeus y Perséfone, antes de que esta se convirtiera en reina del Hades. El pequeño creció en Creta, protegido por los mismos guardianes que habían guardado a Zeus de los ojos de Cronos. Pero los Titanes, cuando se enteraron que Zeus había nombrado a Dionisos su sucesor para gobernar sobre los dioses, atrajeron al pequeño con juguetes dorados y se abalanzaron sobre él, lo despedazaron y empezaron a devorarlo. Atenea interrumpió el espantoso banquete justo a tiempo para rescatar el corazón del pequeño, lo encerró en una figura de yeso en la que Zeus insufló vida y lo resucitó. A continuación Zeus fulminó a los Titanes con su rayo. Según el mito, de las cenizas nació la raza humana, que posee la parte terrena de los Titanes y la parte divina de Dioniso. 

Este mito, del niño resucitado, fue el que inspiró el ritual de los misterios de Orfeo, a quien se atribuye la creación de los Misterios Menores y los Misterios Mayores. Los Misterios Menores, también conocidos como los Misterios de Isis, guardaban relación con la purificación de los iniciados y la semilla que debe ser sembrada en el interior de la Tierra. Los Misterios Mayores, también asociados a Osiris, recreaban el fruto de la purificación de los elementos titánicos que permitía el renacimiento de la naturaleza divina,simbolizaban la liberación del hombre por Dioniso.

Hikuptah

El Viaje al centro de la Tierra de Julio Verne



Recordemos que el profesor Lidenbrock, principal protagonista de la novela de Verne, sigue las huellas de un alquimista, Arne Saknussem, remontando en su camino el pasado de la naturaleza, en un verdadero regreso a las fuentes. En esto también Viaje al Centro a la Tierra entronca con la tradición del descensus ad inferos, el descenso a los infiernos, en su vertiente de regresus ad uterum, la vuelta al seno de la Gran Madre Ctónica, paradigma de los ritos de paso; y es que la obra de Julio Verne reviste todos los elementos de un viaje iniciático, porque el pretexto de la aventura no ensombrece el núcleo verdadero de la historia, la del viaje de descubrimiento o la búsqueda individual en pos de la sabiduría, de la gnosis y, en el caso de Axel, otro de los protagonistas de la novela, de la conquista de la madurez intelectual y espiritual. 

De este modo, mediante su conexión con la alquimia, se revela la verdadera naturaleza del relato de Verne como un auténtico descenso a los infiernos; un viaje de iniciación ritual. Según Simone Vierne, que ha consagrado un monumental estudio al carácter iniciático de la obra verniana (2), ésta tiene su raíz en la corriente de tradiciones esotéricas más arcaicas, como los misterios eleusinos, la queste griálica, el hermetismo y la masonería, por no hablar del ciclo de Gilgamesh y la eterna busca de la inmortalidad, así como el mito tibetano de Agartha y otras ciudades subterráneas. La constante presencia de los grandes temas míticos en la obra de Jules Verne incitan a algunos autores a ver en ella una mitología bien estructurada, una planificada y consciente revisión de ritos esotéricos, o bien una recreación en filigrana de los mitos escogidos por las grandes obras literarias (3) 

Si puede ponerse en tela de juicio que todas las obras de Jules Verne participen de este carácter iniciático, no cabe dudarlo en lo que se refiere particularmente al Viaja al Centro de la Tierra, de simbolismo tan evidente y tan turbador el cortejo de elementos rituales y esotéricos que aparecen en esta obra. En este sentido, merece la pena recordar que el ritual de toda ceremonia de iniciación comporta tres secuencias fundamentales: la preparación del candidato –que tiene lugar a menudo en el antro, caverna o recinto sagrado– , el viaje, símbolo de muerte, tránsito o metamorfosis, y el renacimiento, resurreción o salida del antro iniciático. En la novela de Verne, el comienzo del viaje está marcado por la aparición de un documento secreto, en forma de criptograma, escrito en carácteres rúnicos, esto es, sagrados –se atribuyen al mismísmo Odín– y transrito en latín por un alquimista, Arne Saknussem, cuyas obras habían sido destruídas al considerarlas heréticas. Este manuscrito investido de propiedades misteriosas y esotéricas equivale a una revelación que definitivamente marca el camino y señala el comienzo de la empresa iniciática. El hecho de que la ciencia de Lidenbrock, el científico, se revele impotente para descifrar el criptograma, y que sea el cándido Axel quien lo haga por azar o intuición, manifiestan que éste ha sido elegido por su inocencia (como en el célebre caso de Galaad en la queste griálica) para conquistar la cima.


Prosiguiendo con la lectura en clave simbólica de la obra de Verne, podría añadirse que el destino del viaje es el centro de la tierra, el punto supremo, imagen del Centro primordial, lugar sagrado por excelencia, inaccesible al profano. Y del mismo modo, el umbral o paso de entrada se halla en un volcán, puerta del infierno, en algún remoto lugar de Islandia, región que participa del simbolismo polar, una vez más asociado a la imagen del Paraíso o Axis mundi. En la novela, este acceso al inframundo debe cumplirse en una fecha determinada, la del solsticio de verano, cuya significación en determinados rituales de la masonería y en el contexto de los misterios de la antigüedad hemos puesto de manifiesto en diversas ocasiones. Finalmente, el juramento del silencio es impuesto al neófito, como establecen los cánones de la inciación, especialmente en el caso de algunas religiones mistéricas y en la francmasonería. Basten las pequeñas notas aquí apuntadas para poner de relieve el componente esotérico del Viaje al Centro de la Tierra, de Julio Verne, cuya vertiente simbólica admite una lectura de mayor profundidad a nivel iniciático que quizá podramos retomar en otra ocasión.

Fuente: http://www.viajesconmitia.com/2010/06/03/viaje-al-centro-de-la-tierra/

CUESTIONES SIMBÓLICAS DE RAIMON AROLA (MIS APUNTES)


La simbología se nos presenta como un medio para aspirar al conocimiento en un entorno atormentado y desconcertado por aportaciones, muchas veces contradictorias, que a lo largo de los siglos nos han aportado las religiones y la filosofía.


El objetivo de la simbología es descubrir la simiente de los cielos que se halla oculta en el hombre.

El inicio del estudio de lo simbólico empieza con el conocimiento de sus tres formas básicas (tríada primordial) que son el origen del hombre y del mundo:

Moises: 1. Tierra y Agua, 2. Cielo, 3 Ruaj Elohim (espíritu).

Hermes: 1. Cuerpo. 2 Espíritu. 3. Anima.

Fisico-químicos: 1. Azufre y sal de la naturaleza (Sol y Luna herméticos). 2. Mercurio (espíritu etéreo). 3. Natura (esencia)

Cuatroelemistas. 1. Tierra y Agua. 2. Aire y Fuego. 3. Esencia (quinta).





La traducción del Bhagavad Gita, a un idioma occidental en el año 1785, puede considerarse como el comienzo de una nueva manera de acercarse a la religión y el colofón a una búsqueda de muchos siglos en Europa. Muchos intelectuales y artistas tomaron conciencia de la importancia y complejidad del pensamiento religioso y espiritual de otras culturas, que hasta entonces habían sido consideradas primitivas, y por ello superadas. Hay que tener en cuenta que en el Bhagavad Gita, Krishna se revela a Arjuna como “el mismísimo Dios”. Esta aseveración dio un enfoque distinto a la mirada occidental que calificaba estas tradiciones como politeístas o panteístas.


En el siglo XV se cristianizaron los textos paganos (Corpus Herméticum, oráculos caldeos, textos neoplatónicos…) para crear todo un entramado de correspondencias simbólicas que remitieran a la figura de Cristo. Con el Bhagavad Gita empieza a surgir propuestas que abogan por una supra-religión o por una divinidad externa a las formas religiosas. Empieza a crecer una unidad espiritual, la idea de un dios supra-religioso que debería ser el mismo para el cristianismo y el hinduismo. Se aboga por una espiritualidad universal y por la posibilidad de una salvación que no procediera solamente del sacrificio crístico. Esta idea de unidad de tradiciones dio origen a las sociedades teosóficas y floreció en círculos esotéricos y el movimiento masónico.

“No hay más religión que la Verdad”, fue una máxima de la Sociedad Teosófica en la que aparece una confrontación entre “dios” y verdad. Sin embargo en el movimiento que se originó a partir del pensamiento de Paracelso simplemente cambió el uso del lenguaje y la historia sagrada, de tal modo que la venida del Mesías se la denominó la realización de la Piedra Alquímica. Así, si verse obligados a entrar en controversias confesionales, se centraron en un universo gnóstico mucho más universal, que en definitiva pertenece al mundo de los símbolos.

Michael Maier: El alquimista une al macho y a la hembra para comenzar su obra, 1618

El simbolismo se caracteriza por una universalidad que va más allá de las particularidades de cada época y cultura. Su núcleo central simple y profundamente complejo es “la Piedra Filosofal”, un concepto en el que se reúnen el espíritu con la materia y el cielo con la tierra. Los símbolos han sido y todavía son, un hilo interior y secreto que explicaba, y aún hoy debería explicar, el misterio de la encarnación cristiana o lo que los herméticos llamaron “realización de la Piedra Filosofal”. Los textos clásicos de alquimia insisten una y otra vez en “la operación de unidad”, pues en ellos este mundo y el otro mundo conviven y adquieren sentido en una única realidad. La búsqueda de la unidad es el sentido fundamental del símbolo.

A partir de las propuestas renacentistas de la philosophia perennis del siglo XV, muchos fueron los intentos para relacionar símbolo y arte. La fuerza del arte renacentista practicado por Leonardo, Miguel Ángel, Rafael, Bramante, la escuela veneciana, etc. no nació de una voluntad estética sino de una necesidad simbólica: la de rencontrar y actualizar una sabiduría original que justificara la philosophia perennis.

Para un trabajo dedicado a Bocchi, Rafael zafra y José Javier Azanza escribieron lo siguiente: Estos símbolos constituyen las enseñanzas más bellas y apropiadas de la vida, ocultas a los imprudentes y reveladas a las personas juiciosas: los símbolos sólo pueden ser entendidos por aquellos que se lo merecen. Únicamente los sabios a través de la reflexión pueden llegar a las verdades que encierran. El símbolo enlaza una apariencia con una realidad que le da su significado sin dejar por ello de estar velada.

Estas palabras se deben, entre otras cosas, a que los símbolos revelan, y ello en el doble sentido que posee este término, puesto que “muestran” pero también “vuelven a velar”.

Para Bochi la palabra símbolo se refiere a un modo de conocimiento atribuido a Pitágoras que se transmitió por el Renacimiento a partir de los textos de Jámblico. En aquella época el pensamiento pitagórico, o quizás debería decirse neoplatónico, se encontró con nuevos conocimientos, tales como las enseñanzas de los cabalistas hebreos, el descubrimiento de los oráculos caldeos y las interpretaciones filosóficas de los mitos.

Hoy en día siguiendo la estela de Bochi el símbolo se entiende como vía de conocimiento y de reunión entre espíritu y materia.

La tradición pitagórica, y también la alquímica, dividen el hombre en espíritu, alma y cuerpo, otra tríada básica. El espíritu es el órgano del hombre interior opuesto al cuerpo, mientras que el alma se encuentra entre ambos; el alma representa la parte celeste del compuesto o, incluso, la escalera que une lo humano con lo divino.


Louis Jean Francoise Lagrenée (1724-1805): Eros y Psique

Louis Cattiaux escribió: el espíritu está oculto en el cuerpo, y el alma se manifiesta por la separación y por la unión de ambos en la eternidad del Único. En este caso, el alma equivale a la función de Eros que une lo más alto con lo más bajo. Eros es el dios que nació para vincular el alto Olimpo con el bajo Tártaro, tal como lo narró Hesíodo.

La reunión de dos partes separadas, que es el acto simbólico por excelencia, nos sitúa en un contexto extraño puesto que nos obliga a determinar de qué naturaleza son las partes. En la Tabula Smaragdina de Hermes Trismegisto se dice que esos dos extremos corresponden a lo más alto y a los más bajo. Uno de los aforismos herméticos más conocidos es: "Visita los interiores de la tierra, rectificando encontrarás la piedra oculta", una frase que se resume con el anacronismo V.I.T.R.I.O.L., un término estrechamente relacionado con la obra alquímica y que los alquimistas utilizaron para expresar la unión de lo más alto y lo más bajo.

Louis Cattiaux se refirió a esta unión con las siguientes palabras: "Si juntamos lo más bajo con lo más alto por mediación de lo más medio, obtendremos el origen y el fin de todo lo que ha sido, todo lo que es y todo lo que será". Según Cattiaux, para que se produzca la reunión entre lo más alto y lo más bajo debe conocerse "lo más medio". Esta idea la reitera en otros aforismos: "la materia media da el conocimientos de las esencias extremas", "quien sabe unir los contrarios de igual naturaleza posee la ciencia".

Louis catitaux: Signe de l'infini, 1949

Los símbolos son realidades espirituales y físicas que reúnen este mundo , lo más bajo, con el mundo otro, lo más alto. Y deben ser secretos en la medida que muestran que lo más inferior de este mundo es de la misma naturaleza que el superior del mundo otro o mundo invisible; filosóficamente sería lo sobrenatural, en tanto que trasciende lo mundano y por lo tanto es divino. El símbolo nos muestra aquello del del mundo otro que está en este, pero sin manifestarse.

Cattiaux considera que "la materia media" es el lugar donde se manifiesta el universo simbólico. Para André Breton "todo induce a creer que existe un cierto punto del espíritu donde la vida y la muerte, lo real y lo imaginario, el pasado y el futuro, lo comunicable y lo incomunicable, lo alto y lo bajo cesan de ser percibidos contradictoriamente.

Encontrar el mundo otro en este es tarea del arte y la simbología. Parece claro que  no puede separarse el mundo medio de aquello que los hombres han considerado siempre perteneciente a lo divino. Henry Corbin, tras estudiar los relatos visionarios de los maestros iranios confirmó aquello que ya habían enseñado los antiguos cristianos, pues relacionó el lugar intermedio con una angelología.


Gustave Doré: Ilustración de La Divina Comedia


En el pensamiento simbólico, la cosmología es indisociable de la agelología y, al no tener en cuenta la existencia de los ángeles, fallan los fundamentos cosmológicos.

Para Corbin la recuperación de la angelología antigua es una recuperación del pensamiento mágico y simbólico en el que cada parte de la creación está en relación con las otras originando la ciencia de las correspondencias, aquella que Pico della Mirandola, como otros autores renacentistas llamaron ciencia natural. Para Mirandola "la magia es la parte práctica de la ciencia natural". Los ángeles son hilos ocultos que enlazan y tejen el universo entendido como la manifestación de lo invisible.

Para Corbín la teoría de Copérnico incidió de manera inevitable en la concepción simbólica del Universo, de tal modo que las correspondencias entre los ángeles y el alma del hombre se rompieron y la angelología desapareció. Lo mismo ocurrió con la gnosis, que fue rechazada tanto por la academia, con sus presupuestos positivistas, como por las religiones, que en general, prefieren los dogmas al conocimiento místico. 

A mediados del siglo XVIII, el positivismo terminó con la posibilidad de acercarse al conocimiento mágico del mundo, uesto que según el pensamiento que rige el mundo moderno, tan solo están vinculadas aquellas partes del cosmos que la razón humana puede unir.


"La unión de los abismos". Anton Joseph Kirchweger

El fuego y, en consecuencia los masculino, se representan simbólicamente por medio de un triangulo con el vértice hacia arriba, mientras que el agua y lo femenino se representan con el mismo triángulo con el vértice hacia bajo; cuando se unen surge la estrella de David que crea la paz entre los opuestos.

En la imagen "la unión de los abismos" se recrea la unión de los opuestos,  la estrella está rodeada por dos serpientes, la superior que alude a lo volatil y la inferior a lo fijo que se corresponde al simbolismo de lo alto y de lo bajo que cita La Tabla Esmeralda.

Se puede entender el universo original como una unidad que se separó en dos para dar lugar a la creación, como si un papel se rompiera en dos partes: una representa el Yang (Adan) y la otra el Yin (Eva), que configuran los dos principios que darán origen a todo lo creado.

El Tao engendra al Uno,
El Uno engendra al Dos,
El Dos engendra al Tres.
El Tres engendra a los diez mil seres.
Los diez mil seres llevan el Yin en sus espaldas y el Yang en sus frentes, 
Y la armonía de su Qi depende del equilibrio de estas dos fuerzas.


El símbolo recuerda que las dos partes  deben volver a unirse para recuperar la unidad primera. Como sucede con los dos fragmentos del papel, una parte del símbolo solo puede unirse con su otra parte. 

El simbolismo traslada la operación del papel a un nivel cósmico y trascendente que enseña en todas y cada una de sus imágenes el mismo proceso: UNIÓN, SEPARACIÓN, REUNIÓN.  A partir de la primera separación, estado en el que el hombre se encuentra después de la expulsión del Paraíso original, comienza el proceso encaminado hacia la reunión.Las partes separadas son de la misma naturaleza, por lo que inevitablemente se buscan.

El amor es la gran fuerza que tiende a reunir o a reintegrar en la unidad a las partes separadas que son de la misma naturaleza, a los que los alquimistas añaden que esta unión solamente puede darse en la pureza.

Grabado de Barent Coenders van Helpen 

Los mitos, en general,  y el nacimiento de Atenea y el de Marsias en particular, con la intervención de Apolo, muestran simbólicamente las operaciones alquímicas.

Apolo es el dios de la luz mientras que Marsias representa la naturaleza agreste y sombría, sin finura ni erudición. Al desollar a Marsias, Apolo le despoja de la piel de bestia que lo recubre para que pueda manifestarse la vida pura, que entonces fluye como un río vivificante.

La inspiración de las musas da alas al hombre para que pueda retornar a su origen; sin embargo, eso no significa escapar de la encarnación ni tampoco despreciarla, sino al contrario, el cometido del ser humano consistiría en eliminar los elementos heterogéneos de dicha encarnación y encontrar la vida pura que habita en su interior.

Gracias al castigo divino el soberbio sátiro desaparece para dar paso al dios de la luz y la música. Se trata de un nuevo sentido que podríamos denominar alquímico, pues tendría que ver con la primera operación de este arte: la purificación, putrefacción o disolución.  

“ Es necesario que el cuerpo perezca y que muera, si se quiere extraer el alma […]. Y de esta quintaesencia, trasvasada a un cuerpo puro, fijo, perfectamente conocido, nacerá una nueva criatura, más resplandeciente que cualquiera de aquellas de quienes procede.”

Al recuperar el lenguaje alquímico de los filósofos antiguos, Fulcanelli se refiere al cuerpo puro que sería la finalidad de la alquimia. La obra alquímica consistirá en separar la luz de la oscuridad que la vela, y concentrar o coagular esta luz en un cuerpo puro.

Según Fulcanelli “los cuerpos no tienen acción los unos sobre los otros, solo el espíritu es activo y eficaz”. Esta afirmación sugiere que la fuerza del espíritu es la que sostiene la creación, puesto que es su origen. Se diría que gracias a la actuación del espíritu sobre la materia se producen las operaciones de la Gran Obra: solve et coagula. El alquimista, con su operación, abre la tierra para extraer de ella los metales; a esta operación se le denomina la disolución (solve). Después les da forma con el mismo fuego, mediante el Arte (coagula).

Así pues, para contarse entre los salvados es necesario desembarazarse  de las cortezas que cubre al hombre desde la caída original.

La carne de adán no tiene porvenir, solo la carne pura lo tiene. Al liberarse de la piel de bestia, o del hombre viejo, aparece el mundo medio, la nueva realidad: el símbolo.

Bartolomeo Manfredi (1582-1622): Apolo y Marsias