CUESTIONES SIMBÓLICAS DE RAIMON AROLA (MIS APUNTES)


La simbología se nos presenta como un medio para aspirar al conocimiento en un entorno atormentado y desconcertado por aportaciones, muchas veces contradictorias, que a lo largo de los siglos nos han aportado las religiones y la filosofía.


El objetivo de la simbología es descubrir la simiente de los cielos que se halla oculta en el hombre.

El inicio del estudio de lo simbólico empieza con el conocimiento de sus tres formas básicas (tríada primordial) que son el origen del hombre y del mundo:

Moises: 1. Tierra y Agua, 2. Cielo, 3 Ruaj Elohim (espíritu).

Hermes: 1. Cuerpo. 2 Espíritu. 3. Anima.

Fisico-químicos: 1. Azufre y sal de la naturaleza (Sol y Luna herméticos). 2. Mercurio (espíritu etéreo). 3. Natura (esencia)

Cuatroelemistas. 1. Tierra y Agua. 2. Aire y Fuego. 3. Esencia (quinta).





La traducción del Bhagavad Gita, a un idioma occidental en el año 1785, puede considerarse como el comienzo de una nueva manera de acercarse a la religión y el colofón a una búsqueda de muchos siglos en Europa. Muchos intelectuales y artistas tomaron conciencia de la importancia y complejidad del pensamiento religioso y espiritual de otras culturas, que hasta entonces habían sido consideradas primitivas, y por ello superadas. Hay que tener en cuenta que en el Bhagavad Gita, Krishna se revela a Arjuna como “el mismísimo Dios”. Esta aseveración dio un enfoque distinto a la mirada occidental que calificaba estas tradiciones como politeístas o panteístas.


En el siglo XV se cristianizaron los textos paganos (Corpus Herméticum, oráculos caldeos, textos neoplatónicos…) para crear todo un entramado de correspondencias simbólicas que remitieran a la figura de Cristo. Con el Bhagavad Gita empieza a surgir propuestas que abogan por una supra-religión o por una divinidad externa a las formas religiosas. Empieza a crecer una unidad espiritual, la idea de un dios supra-religioso que debería ser el mismo para el cristianismo y el hinduismo. Se aboga por una espiritualidad universal y por la posibilidad de una salvación que no procediera solamente del sacrificio crístico. Esta idea de unidad de tradiciones dio origen a las sociedades teosóficas y floreció en círculos esotéricos y el movimiento masónico.

“No hay más religión que la Verdad”, fue una máxima de la Sociedad Teosófica en la que aparece una confrontación entre “dios” y verdad. Sin embargo en el movimiento que se originó a partir del pensamiento de Paracelso simplemente cambió el uso del lenguaje y la historia sagrada, de tal modo que la venida del Mesías se la denominó la realización de la Piedra Alquímica. Así, si verse obligados a entrar en controversias confesionales, se centraron en un universo gnóstico mucho más universal, que en definitiva pertenece al mundo de los símbolos.

Michael Maier: El alquimista une al macho y a la hembra para comenzar su obra, 1618

El simbolismo se caracteriza por una universalidad que va más allá de las particularidades de cada época y cultura. Su núcleo central simple y profundamente complejo es “la Piedra Filosofal”, un concepto en el que se reúnen el espíritu con la materia y el cielo con la tierra. Los símbolos han sido y todavía son, un hilo interior y secreto que explicaba, y aún hoy debería explicar, el misterio de la encarnación cristiana o lo que los herméticos llamaron “realización de la Piedra Filosofal”. Los textos clásicos de alquimia insisten una y otra vez en “la operación de unidad”, pues en ellos este mundo y el otro mundo conviven y adquieren sentido en una única realidad. La búsqueda de la unidad es el sentido fundamental del símbolo.

A partir de las propuestas renacentistas de la philosophia perennis del siglo XV, muchos fueron los intentos para relacionar símbolo y arte. La fuerza del arte renacentista practicado por Leonardo, Miguel Ángel, Rafael, Bramante, la escuela veneciana, etc. no nació de una voluntad estética sino de una necesidad simbólica: la de rencontrar y actualizar una sabiduría original que justificara la philosophia perennis.

Para un trabajo dedicado a Bocchi, Rafael zafra y José Javier Azanza escribieron lo siguiente: Estos símbolos constituyen las enseñanzas más bellas y apropiadas de la vida, ocultas a los imprudentes y reveladas a las personas juiciosas: los símbolos sólo pueden ser entendidos por aquellos que se lo merecen. Únicamente los sabios a través de la reflexión pueden llegar a las verdades que encierran. El símbolo enlaza una apariencia con una realidad que le da su significado sin dejar por ello de estar velada.

Estas palabras se deben, entre otras cosas, a que los símbolos revelan, y ello en el doble sentido que posee este término, puesto que “muestran” pero también “vuelven a velar”.

Para Bochi la palabra símbolo se refiere a un modo de conocimiento atribuido a Pitágoras que se transmitió por el Renacimiento a partir de los textos de Jámblico. En aquella época el pensamiento pitagórico, o quizás debería decirse neoplatónico, se encontró con nuevos conocimientos, tales como las enseñanzas de los cabalistas hebreos, el descubrimiento de los oráculos caldeos y las interpretaciones filosóficas de los mitos.

Hoy en día siguiendo la estela de Bochi el símbolo se entiende como vía de conocimiento y de reunión entre espíritu y materia.

La tradición pitagórica, y también la alquímica, dividen el hombre en espíritu, alma y cuerpo, otra tríada básica. El espíritu es el órgano del hombre interior opuesto al cuerpo, mientras que el alma se encuentra entre ambos; el alma representa la parte celeste del compuesto o, incluso, la escalera que une lo humano con lo divino.


Louis Jean Francoise Lagrenée (1724-1805): Eros y Psique

Louis Cattiaux escribió: el espíritu está oculto en el cuerpo, y el alma se manifiesta por la separación y por la unión de ambos en la eternidad del Único. En este caso, el alma equivale a la función de Eros que une lo más alto con lo más bajo. Eros es el dios que nació para vincular el alto Olimpo con el bajo Tártaro, tal como lo narró Hesíodo.

La reunión de dos partes separadas, que es el acto simbólico por excelencia, nos sitúa en un contexto extraño puesto que nos obliga a determinar de qué naturaleza son las partes. En la Tabula Smaragdina de Hermes Trismegisto se dice que esos dos extremos corresponden a lo más alto y a los más bajo. Uno de los aforismos herméticos más conocidos es: "Visita los interiores de la tierra, rectificando encontrarás la piedra oculta", una frase que se resume con el anacronismo V.I.T.R.I.O.L., un término estrechamente relacionado con la obra alquímica y que los alquimistas utilizaron para expresar la unión de lo más alto y lo más bajo.

Louis Cattiaux se refirió a esta unión con las siguientes palabras: "Si juntamos lo más bajo con lo más alto por mediación de lo más medio, obtendremos el origen y el fin de todo lo que ha sido, todo lo que es y todo lo que será". Según Cattiaux, para que se produzca la reunión entre lo más alto y lo más bajo debe conocerse "lo más medio". Esta idea la reitera en otros aforismos: "la materia media da el conocimientos de las esencias extremas", "quien sabe unir los contrarios de igual naturaleza posee la ciencia".

Louis catitaux: Signe de l'infini, 1949

Los símbolos son realidades espirituales y físicas que reúnen este mundo , lo más bajo, con el mundo otro, lo más alto. Y deben ser secretos en la medida que muestran que lo más inferior de este mundo es de la misma naturaleza que el superior del mundo otro o mundo invisible; filosóficamente sería lo sobrenatural, en tanto que trasciende lo mundano y por lo tanto es divino. El símbolo nos muestra aquello del del mundo otro que está en este, pero sin manifestarse.

Cattiaux considera que "la materia media" es el lugar donde se manifiesta el universo simbólico. Para André Breton "todo induce a creer que existe un cierto punto del espíritu donde la vida y la muerte, lo real y lo imaginario, el pasado y el futuro, lo comunicable y lo incomunicable, lo alto y lo bajo cesan de ser percibidos contradictoriamente.

Encontrar el mundo otro en este es tarea del arte y la simbología. Parece claro que  no puede separarse el mundo medio de aquello que los hombres han considerado siempre perteneciente a lo divino. Henry Corbin, tras estudiar los relatos visionarios de los maestros iranios confirmó aquello que ya habían enseñado los antiguos cristianos, pues relacionó el lugar intermedio con una angelología.


Gustave Doré: Ilustración de La Divina Comedia


En el pensamiento simbólico, la cosmología es indisociable de la agelología y, al no tener en cuenta la existencia de los ángeles, fallan los fundamentos cosmológicos.

Para Corbin la recuperación de la angelología antigua es una recuperación del pensamiento mágico y simbólico en el que cada parte de la creación está en relación con las otras originando la ciencia de las correspondencias, aquella que Pico della Mirandola, como otros autores renacentistas llamaron ciencia natural. Para Mirandola "la magia es la parte práctica de la ciencia natural". Los ángeles son hilos ocultos que enlazan y tejen el universo entendido como la manifestación de lo invisible.

Para Corbín la teoría de Copérnico incidió de manera inevitable en la concepción simbólica del Universo, de tal modo que las correspondencias entre los ángeles y el alma del hombre se rompieron y la angelología desapareció. Lo mismo ocurrió con la gnosis, que fue rechazada tanto por la academia, con sus presupuestos positivistas, como por las religiones, que en general, prefieren los dogmas al conocimiento místico. 

A mediados del siglo XVIII, el positivismo terminó con la posibilidad de acercarse al conocimiento mágico del mundo, uesto que según el pensamiento que rige el mundo moderno, tan solo están vinculadas aquellas partes del cosmos que la razón humana puede unir.


"La unión de los abismos". Anton Joseph Kirchweger

El fuego y, en consecuencia los masculino, se representan simbólicamente por medio de un triangulo con el vértice hacia arriba, mientras que el agua y lo femenino se representan con el mismo triángulo con el vértice hacia bajo; cuando se unen surge la estrella de David que crea la paz entre los opuestos.

En la imagen "la unión de los abismos" se recrea la unión de los opuestos,  la estrella está rodeada por dos serpientes, la superior que alude a lo volatil y la inferior a lo fijo que se corresponde al simbolismo de lo alto y de lo bajo que cita La Tabla Esmeralda.

Se puede entender el universo original como una unidad que se separó en dos para dar lugar a la creación, como si un papel se rompiera en dos partes: una representa el Yang (Adan) y la otra el Yin (Eva), que configuran los dos principios que darán origen a todo lo creado.

El Tao engendra al Uno,
El Uno engendra al Dos,
El Dos engendra al Tres.
El Tres engendra a los diez mil seres.
Los diez mil seres llevan el Yin en sus espaldas y el Yang en sus frentes, 
Y la armonía de su Qi depende del equilibrio de estas dos fuerzas.


El símbolo recuerda que las dos partes  deben volver a unirse para recuperar la unidad primera. Como sucede con los dos fragmentos del papel, una parte del símbolo solo puede unirse con su otra parte. 

El simbolismo traslada la operación del papel a un nivel cósmico y trascendente que enseña en todas y cada una de sus imágenes el mismo proceso: UNIÓN, SEPARACIÓN, REUNIÓN.  A partir de la primera separación, estado en el que el hombre se encuentra después de la expulsión del Paraíso original, comienza el proceso encaminado hacia la reunión.Las partes separadas son de la misma naturaleza, por lo que inevitablemente se buscan.

El amor es la gran fuerza que tiende a reunir o a reintegrar en la unidad a las partes separadas que son de la misma naturaleza, a los que los alquimistas añaden que esta unión solamente puede darse en la pureza.

Grabado de Barent Coenders van Helpen 

Los mitos, en general,  y el nacimiento de Atenea y el de Marsias en particular, con la intervención de Apolo, muestran simbólicamente las operaciones alquímicas.

Apolo es el dios de la luz mientras que Marsias representa la naturaleza agreste y sombría, sin finura ni erudición. Al desollar a Marsias, Apolo le despoja de la piel de bestia que lo recubre para que pueda manifestarse la vida pura, que entonces fluye como un río vivificante.

La inspiración de las musas da alas al hombre para que pueda retornar a su origen; sin embargo, eso no significa escapar de la encarnación ni tampoco despreciarla, sino al contrario, el cometido del ser humano consistiría en eliminar los elementos heterogéneos de dicha encarnación y encontrar la vida pura que habita en su interior.

Gracias al castigo divino el soberbio sátiro desaparece para dar paso al dios de la luz y la música. Se trata de un nuevo sentido que podríamos denominar alquímico, pues tendría que ver con la primera operación de este arte: la purificación, putrefacción o disolución.  

“ Es necesario que el cuerpo perezca y que muera, si se quiere extraer el alma […]. Y de esta quintaesencia, trasvasada a un cuerpo puro, fijo, perfectamente conocido, nacerá una nueva criatura, más resplandeciente que cualquiera de aquellas de quienes procede.”

Al recuperar el lenguaje alquímico de los filósofos antiguos, Fulcanelli se refiere al cuerpo puro que sería la finalidad de la alquimia. La obra alquímica consistirá en separar la luz de la oscuridad que la vela, y concentrar o coagular esta luz en un cuerpo puro.

Según Fulcanelli “los cuerpos no tienen acción los unos sobre los otros, solo el espíritu es activo y eficaz”. Esta afirmación sugiere que la fuerza del espíritu es la que sostiene la creación, puesto que es su origen. Se diría que gracias a la actuación del espíritu sobre la materia se producen las operaciones de la Gran Obra: solve et coagula. El alquimista, con su operación, abre la tierra para extraer de ella los metales; a esta operación se le denomina la disolución (solve). Después les da forma con el mismo fuego, mediante el Arte (coagula).

Así pues, para contarse entre los salvados es necesario desembarazarse  de las cortezas que cubre al hombre desde la caída original.

La carne de adán no tiene porvenir, solo la carne pura lo tiene. Al liberarse de la piel de bestia, o del hombre viejo, aparece el mundo medio, la nueva realidad: el símbolo.

Bartolomeo Manfredi (1582-1622): Apolo y Marsias