La Lanza Sangrante

 


La primera imagen corresponde a una miniatura contenida en el libro “las pequeñas horas de Jean Barry”, obra de finales del siglo XIV. La segunda imagen corresponde a una miniatura, también del siglo XIV, que hace referencia al “Cortejo del Grial”, inspirada en la narración de Chretién de Troyes “Li contes del Graal”.

En ambas imágenes aparece la Lanza Sangrante como símbolo a descifrar. En algunas ocasiones la lanza se ha asociado al eje del mundo y al misterio trinitario. ¿La lanza puede representar al hombre que al verter las últimas gotas de sangre libera su espíritu hacia la trascendencia?

Arquetipos



Según Carl Gustav Jung los arquetipos son los fenómenos ancestrales que se producen a nivel colectivo en las diferentes culturas y sociedades dan forma a nuestra manera de ser. Esto implica que no nos desarrollamos de manera aislada al resto de la sociedad, sino que el contexto cultural nos influye en lo más íntimo, transmitiéndonos esquemas de pensamiento y de experimentación de la realidad que son heredados. Los arquetipos pasan a ser patrones emocionales y de conducta que tallan nuestra manera de procesar sensaciones, imágenes y percepciones como un todo con sentido. De alguna manera los arquetipos se acumulan en el fondo de nuestro inconsciente colectivo para formar un molde que le da significado a lo que nos pasa.

Por definición, dice Jung, estas imágenes son universales y pueden ser reconocidas tanto en manifestaciones culturales de distintas sociedades como en el habla, el comportamiento de las personas y, por supuesto, en sus sueños. Esto significa que pueden localizarse y aislarse en todo tipo de productos del ser humano, ya que la cultura afecta a todo lo que hacemos incluso sin darnos cuenta.

Psicologia y mente. Arturo Torres

La ofensiva psicoanalista va cada vez más lejos, en el sentido de que, dirigiéndose directamente a la tradición so pretexto de explicarla, tiende ahora a deformar su noción de forma peligrosa. […] El término “inconsciente” es impropio y lo que contiene, en la medida en que pueda tener algo de realidad, pertenece a lo que los psicólogos denominan de forma más habitual el “subconsciente”, es decir, el conjunto de prolongaciones inferiores de la consciencia.

[…] Todo lo que es de orden tradicional, y especialmente el simbolismo, hay que referirlo al “supraconsciente”, es decir, a aquello que establece una comunicación con lo suprahumano, mientras que el subconsciente tiende, inversamente hacia lo infrahumano. Se da pues una verdadera inversión que es típicamente característica del tipo de explicación de que se trata; y lo que le da una apariencia de justificación es que, en casos como el citado, sucede que el subconsciente, debido al contacto con influjos psíquicos de orden inferior, “imita como un mono” al supraconsciente.

Para quienes se dejan engañar por dichas falacias y no son capaces de discernir su verdadera naturaleza, todo ello da lugar a la ilusión que conduce a lo que hemos denominado una “espiritualidad al revés”.

Tradición e inconsciente. René Guénon

Es importante señalar que el concepto de Arquetipo entre los tradicionalistas es equivalente a las Ideas platónicas, y que por ello está totalmente alejado de cualquier connotación junguiana. La noción de arquetipo de Jung, que no sale del ámbito psíquico, como la misma expresión “inconsciente colectivo” lo evidencia, es diametralmente opuesta a la de los perennialistas, y la Sophia Perennis en general, que consideran que el Arquetipo nada tiene de “inconsciente”, ni psíquico, todo lo contrario, nada hay de más “supraconsciente”, pues los Arquetipos provienen de determinaciones del Espíritu puro. Para los perennialistas, es arquetípico aquello que revela de la manera más directa posible, en nuestro mundo limitado, la Idea divina.

Sara Boix Llaveria

René Guénon y la masonería



René Guénon, matemático, filósofo, masón y sufí, es considerado como el principal expositor de las doctrinas esotéricas tradicionales. La escuela tradicionalista defiende la existencia de una única religión inicial y común a toda la humanidad en la que las verdades y los principios metafísicos fueron revelados a través de mensajeros y profetas. Según los tradicionalistas todas las ramificaciones y aplicaciones de estos principios metafísicos deben repercutir en los diferentes campos de la civilización como son las leyes, la estructura social, el arte, la educación y sobretodo el conocimiento supremo. Como se observará estamos hablando de una sociedad teocrática, la cual ordena todas las actividades humanas según parámetros espirituales.

A principios del siglo XX, en Francia, como repuesta al vacío espiritual de la época, florecieron una serie de movimientos esotéricos entre los que destacan las corrientes espiritistas y ocultistas influenciadas por Allan Kardec y Papus, la Sociedad Teosófica y algunas logias masónicas de tradición esotérica. René Guénon, en su búsqueda espiritual, se interesó por ellos en un primer momento pero poco después se desvinculó y criticó este neoespiritualismo al considerar que sus postulados llegaban a conclusiones subjetivas y erróneas. Consideró que para encontrar la verdad había que regresar la tradición antigua y a los textos revelados.

Con Guénon la metafísica aparecerá como la ciencia válida para adentrarse en el plano espiritual del conocimiento de los principios eternos y universales. Este conocimiento, al que no puede accederse por medio de la razón y el discurso, precisa de la intuición intelectual pura y de la revelación a través de las facultades visionarias. Se reivindicará la verdadera iniciación como método efectivo para la liberación de los límites del ser humano. Se recuperará la división trial cuerpo, alma y espíritu, y el símbolo, con su lenguaje sintético y esotérico, aparecerá como el puente entre el cuerpo y el espíritu que permitirá comprender todo lo inteligible en función de las aptitudes personales de cada uno..

Guénon llegó a decir, “con sus luces y sus sombras, con lo que conocemos y lo que desconocemos, en Occidente sólo nos queda la masonería”.

Movimientos iniciáticos contemporáneos


Cierto es que existe hoy en día un número considerable de sectas ocultas, sociedades secretas, agrupaciones pseudoiniciaticas , movimientos herméticos, neoespiritualistas, etc. La sociedad teosófica, la antroposofía, el neovedantismo o el neobudismo, no son sino las más conocidas expresiones de un fenómeno cultural acreditado prácticamente por todo el mundo occidental. Este fenómeno no es nuevo. El interés por el ocultismo, así como la tendencia a agruparse en sociedades secretas más o menos iniciáticas, hace su aparición en Europa ya en el siglo XVI para alcanzar su punto culminante en el XVIII. El único movimiento secreto que presenta cierta coherencia ideológica, que posee ya una historia y que goza de prestigio social y político es la masonería. Las demás organizaciones con pretensiones iniciáticas son, en su mayor parte, improvisaciones recientes e híbridas. Su interés es más que nada de orden sociológico y psicológico: ilustran la desorientación de una parte del mundo moderno, el anhelo de hallar un sustituto a la fe religiosa. Ilustran asimismo la irreductible atracción por los “misterios”, por lo oculto, por el más allá, que forma parte del ser humano, y que puede comprobarse en todas las épocas y a todos los niveles de cultura, sobretodo en tiempos de crisis. 

Micaela Eliade. Iniciaciones Místicas.

Angelología en I Henoc: estrellas fugaces



En el Antiguo Testamento los ángeles constituyen un espacio sobrenatural que une el mundo de Dios con el de los hombres. Aparte de la función de estar al servicio de Dios, tanto como mensajeros como adoradores (Sal 29,1; Job 1,6; 2,1; 38,7), también aparecen como protectores de los creyentes, ayudando a los gobernantes de Israel o a los hombres piadosos.

En lo referente a su forma, normalmente los mensajeros divinos son descritos como indistinguibles de los seres humanos (Gn 19,1-22; 32,25-31; Dn 8:15; Tb 5,8.16; Jue 13,3-23): toman apariencia humana, comen, beben (Gn 18,8) –aunque no tienen necesidad de ello– y sólo se les reconoce como seres divinos, si manifiestan su verdadera identidad. Una vez cumplida su misión, tienden a desaparecer. Otra posibilidad es que no aparezcan con forma humana, como en Ex 3,2, donde el ángel de Yahvé se le aparece a Moisés en forma de llama de fuego en medio de la zarza.

Poseen una gran belleza, con una naturaleza espiritual y una fuerza superior, a pesar de mostrar un comportamiento similar al de los hombres, pero inferior a Dios. Tienen una sabiduría superior a la humana, pero no ilimitada, y están privados de realizar cualquier acción autónoma; se encuentran siempre sometidos a Dios, salvo en el caso de Gn 6,1-4:

Ahora bien, sucedió que comenzaron los hombres a multiplicarse sobre la superficie del suelo y les nacieron hijas; y observaron los hijos de Dios que las hijas del hombre eran bellas, se procuraron esposas de entre todas las que más les placieron.

Su existencia es eterna y nunca se precisa su sexo, a excepción de Gn 6,2. Aquí mantienen relaciones con las hijas de los hombres, es decir, seres divinos tienen relaciones con seres mortales, de lo que podría encontrarse un paralelo en las uniones sexuales entre dioses griegos y humanos, un tópico común en la mitología griega, cuyo resultado es igualmente el nacimiento de un ser semidivino o un héroe.

El sistema angelológico de 1 Henoch descansa básicamente en una dualidad basada, por una parte, en ángeles fieles y arcángeles, ambos seguidores de Dios, y, por otra, en ángeles caídos. Uno y otro bando existe desde la eternidad.

Existe otra denominación "ángeles castigadores" en 56,1; 62,11; 63,1, referida a los que se encargan del castigo de los ángeles caídos y los hombres poderosos y reyes "que poseen la tierra". Este tipo de ángeles castigadores también pueden soltar la fuerza de las aguas del diluvio.

La función de los ángeles fieles es principalmente la de servir de intermediarios entre Dios y los ángeles malos, el mundo y el hombre, aunque cabe decir que los arcángeles destacan del resto. Ellos son los encargados de castigar a los ángeles caídos y a otra clase de demonios.

Aparte de este tipo de ángeles existe una cohorte celestial compuesta por serafines, querubines, coros, potestades y dominaciones.

En el lado contrario, están los ya mencionados ángeles caídos, cuyo estatus se debe a una falta doble:

a) Unirse a las hijas de los hombres.
b) Revelar secretos que son perjudiciales para la humanidad.

Estos secretos se relacionan en parte con los conocimientos que el titán Prometeo afirma que ha proporcionado a la humanidad en el Prometeo encadenado de Esquilo.



Conclusión 

Los ángeles, divinidades relacionadas con el fulgor, conectan el cielo con la tierra, están subordinados a Dios y en cierta manera a los hombres, a pesar de ser superiores a estos tanto en conocimiento como en habilidades. Han de actuar como mensajeros o protectores, aunque también han de imponer castigos, una de las funciones que derivan de su principal papel, regir el buen funcionamiento del cosmos. Por ello, también manejan el curso de los astros o los fenómenos naturales, llegando a identificarse con ellos. No obstante, ellos mismos, si comenten una falta, como es la de olvidarse de su estatus uniéndose a las hijas de los hombres, no tendrán vuelta a atrás, no tendrán posibilidad de arrepentirse. Serán castigados por seres de su misma clase y quedarán a la espera del Juicio Final, cuya sentencia ya está adjudicada: arder en el fuego eternamente.

 El fuego también es un elemento con el que parecen estar vinculados constantemente: su composición, su vida se basa en él y, sin embargo, este les acabará consumiendo por su falta, así como a las estrellas con las que se identifican, a las que igualmente constituye: De allí fui a otro lugar en el occidente, hasta los confines de la tierra. Vi un fuego ardiente que fluía sin cesar ni terminar su flujo día y noche, sino que se mantenía siempre igual. Pregunté así: «¿Qué es esto que no cesa?». Entonces me respondió Ragüel, uno de los santos ángeles, que estaba conmigo y me dijo: «Esta corriente que has visto hacia occidente es el fuego que arde en todas las luminarias del cielo». Las estrellas al desviarse de su curso sufrirán el mismo destino que los ángeles, quienes al unirse a un ser efímero abandonan su eternidad para convertirse en estrellas fugaces. 

Extracto de Angelología en I Henoc: estrellas fugaces. María Flores Rivas

Variedades de la experiencia religiosa


William James (1842-1910) emprende en esta obra una exploración pionera de la religión a la luz de la psicología y de la experiencia individual, sobre todo en sus vertientes moral y estética. Sus finos análisis del fenómeno religioso, basados en un rico material de testimonios y vivencias, constituyen un momento señalado en la evolución de su filosofía del pragmatismo.

Historia de los métodos de la meditación no dual


En esta obra se efectúa un recorrido histórico por algunos de los métodos de meditación que, basados en la atención al presente, a la sensación de ser o autoconsciencia, tienen por finalidad el desapego o desapropio de los pensamientos y, en definitiva, de la identidad al cuerpo-mente. Para ello, se han seleccionado y glosado textos de autores tradicionales del vedanta advaita, hermetismo greco-egipcio, pitagorismo, estoicismo, neoplatonismo, de la mística judía (Filón de Alejandría) y de la Cábala, dedicando especial atención al cristianismo a través de autores como Gregorio de Nisa, San Agustín, Evagrio Póntico, Juan Casiano, Dionisio Areopagita, el maestro Eckhart, Nicolás de Cusa, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Miguel de Molinos, etc., concluyendo con un epílogo dedicado a la meditación en el sufismo.

Enlace al libro en formato pdf

La sabiduría mazdea



La sabiduría mazdea: dos textos del Irán Antiguo es la primera monografía publicada en castellano sobre el zoroatrismo, fruto de la experiencia personal y transformante de Zaratustra, quien convierte una religión politeísta, como era la de los indoeuropeos, en otra estrictamente monoteísta, presidida por Ahura Mazda, que significa el predominio de la unidad sobre la multiplicidad.

Superando visiones reductivas, en esta obra se muestra que el dualismo reflejado en la oposición luz-tinieblas, es compatible con la unidad del dios único y todopoderoso del monoteísmo mazdeo.

Por primera vez se traducen al español, directamente de su versión persa, dos textos fundamentales de la literatura mazdea. El primero es un importante obra escatológica de la literatura pahleví, Redactado en el siglo X, aunque probablemente compuesto ya en el s. VI d.C., el Libro de Ardâvirâf, relato de un viaje a las moradas del ultramundo, trata pues del destino del almo más allá de la muerte. El segundo es una obra sapiencial que data de finales de la época de la sasánida (entre los siglos VI y VII). El Dadestân Mênôg e Jerat se presenta como resultado de una experiencia contemplativa en la cual la Sabiduría –instrumento, mediación y manifestación de la divinidad- se personaliza y se revela al autor, respondiendo a sus cuestiones.

Morir antes de morir. Ritos de iniciación y experiencias místicas



Desde la más remota antigüedad, el hombre ha tratado de descifrar qué hay tras la muerte. La necesidad de experimentar una muerte anticipada en vida que proporcione la certidumbre de la inmortalidad está presente en todas las culturas y civilizaciones. La religión y la filosofía proporcionan numerosos ejemplos de doctrinas que explican vías para salir de este mundo mediante la experiencia ritualizada de la inmortalidad. Dos motivos recurrentes de la vía mística –el morir antes de morir y la extinción de la individualidad– pueden ejemplicar bien algunas prácticas de las sociedades iniciáticas.

En el presente volumen diversos especialistas explican la teoría y práctica iniciáticas a lo largo de la historia, desde la edad antigua al a moderna: el brahmanismo, el antiguo Egipto, el zoroastrismo, el orfismo, el pitagorismo, el neoplatonismo… también se abordan los ritos de iniciación en el cristianismo primitivo, el hesicasmo, el sufismo, la cábala, la literatura de caballería, la alquimia y, más modernamente, de los rosacruces y la masonería. Finalmente, se expone la relación de ciertos ritos iniciáticos con los estudios clínicos más recientes sobre las experiencias cercanas a la muerte (ECM).

Con esta monografía colectiva se viene a llenar una laguna en la bibliografía especializada desde un punto de vista transversal que engloba la filosofía, la historia de las religiones, la historia de las instituciones, la filología y la historia de la ciencia.

Las dimensiones místicas del Islam


«Escribir sobre el sufismo o mística islámica es una tarea prácticamente imposible». Así comienza el libro donde la autora logra demostrar lo contrario: que en esta ocasión ha sido capaz de superar con holgura los obstáculos que supone realizar un estudio comprehensivo de un tema tan amplio como elusivo.

El resultado es una obra de referencia fundamental. A diferencia de otros textos sobre el sufismo este libro se aventura a proporcionar una visión global del misticismo islámico. Schimmel nos conduce por las posibles raíces etimológicas del término «sufismo» y aborda cuestiones como el desarrollo del sufismo teosófico, las órdenes y las fraternidades sufíes, el caso particular del sufismo indo-pakistaní y el papel del hombre con respecto a Dios en esta tradición. También dedica un capítulo íntegro a la poesía mística turca y persa, analizando la posible interpretación de esta última como poesía erótica sin olvidarse de estudiar el simbolismo de las letras así como el, a menudo ignorado, elemento femenino en el sufismo.

La mística judía. Una introducción


La amplia literatura mística y cabalística judía, que se extiende a lo largo de un dilatado periodo de tiempo y exhibe numerosas tendencias, es estudiada en esta obra desde la perspectiva de su desarrollo histórico, pero tratando al mismo tiempo de forma sistemática sus principales contenidos y abordando las diferentes interpretaciones a que éstos han dado lugar.

Los textos místicos del judaísmo, fruto muchas veces de tradiciones orales esotéricas, son así presentados dentro del contexto religioso y cultural de sus respectivas corrientes y etapas: el misticismo judío antiguo, el periodo clásico de la Cábala, la Cábala luriánica, la Cabala de Sabetay Tsebí y el movimiento jasídico. El recorrido concluye con una reflexión sobre la paradoja que es propia del lenguaje místico: querer expresar lo inexpresable.

Las grandes tendencias de la mística judía


«Un trabajo crucial sobre la larga historia de la espiritualidad esotérica judía. Además de su importancia intrínseca, la influencia de este libro ha sido enorme y parece que continuará indefinidamente. Al igual que las historias y parábolas de Kafka, la obra de Scholem ayudó a inaugurar el gnosticismo judío de nuestra era.»
Harold Bloom

A partir de la recuperación de manuscritos largamente silenciados, Gershom Scholem –uno de los mayores estudiosos de nuestro tiempo y el primero en sentar las bases fiables de un análisis de la mística judía– traza el mapa de las ideas y simbolismo del movimiento cabalístico, desde sus comienzos en la Alta Edad Media, su esplendor en la España de finales del siglo XIII con la aparición del Zóhar, hasta las últimas interpretaciones hasídicas. Este trabajo de recuperación redefine muchas de las nociones de la historia y la religión judías y nos abre a nuevas y fecundas interpretaciones acerca del papel del misticismo en el pensamiento occidental.

El Ser y los símbolos


El Ser y los símbolos reúne por vez primera, bajo este título genérico, varios textos de José Antonio Antón Pacheco sobre simbolismo, metafísica y hermenéutica tradicional que conjuntamente constituyen, en todos esos dominios interrelacionados, una referencia imprescindible de plena actualidad en nuestro panorama intelectual.

La obra consta de cuatro partes. Tres de ellas (primera, segunda y cuarta) corresponden respectivamente a tres libros ya publicados con anterioridad: Elementos de metafísica tradicional (Madrid, 1982), Simbolica nomina. Introducción a la hermenéutica espiritual del Libro (Barcelona, 1988) y Ensayo sobre el tiempo axial (Guatemala, 1995). La tercera parte, titulada La transitividad simbólica, agrupa diversos artículos de temática similar, con particular referencia a la literatura española (el Zohar, Santa Teresa, Juan Ramón Jiménez, Juan Eduardo Cirlot), publicados en diversas revistas especializadas.

La hora del símbolo visionario.



Según Jámblico los “sueños enviados por los dioses” se producen cuando el sueño cesa y comenzamos justamente a despertarnos, o bien cuando estamos entre la vigilia y el sueño. Este estado intermedio en el cual no estamos ni totalmente dormidos ni totalmente despiertos se muestra como el estado apropiado para que pueda manifestarse el símbolo visionario. Se trata del estado mental que aún conserva el atisbo  de consciencia necesario que permitirá recibir el mensaje y guárdalo en la memoria para su posterior recuerdo y desciframiento. Es este estado intermedio, en el cual no estamos totalmente despiertos ni totalmente dormidos, el mismo en el que Henry Corbin situaba las experiencias visionarias de los místicos sufís,  y Carl Gustav Jung atribuía al afloramiento de los mensajes del inconsciente. La psiquiatría actual corrobora estas visiones y las clasifica como alucinaciones hipnagógicas e hipnopómpicas.

El yoga, el Qi Gong, la oración, la música, el arte o simplemente los paseos solitarios también pueden permitiralcanzar este punto de abstracción necesario para la manifestación simbólica. La mística chií atribuye esta clarividencia a una especie de trasmutación alquímica interior en la que se despiertan los sentidos ocultos y sutiles que la hacen posible; de la misma manera que, por ejemplo,  los chinos destacan las proezas y maravillas que pueden alcanzarse con la práctica del Qi Gong.

Para interpretar porque es fundamental el estado intermedio entre sueño y vigilia para la manifestación simbólica podemos pensar en los conceptos de ocultamiento y manifestación. Para que algo  se manifieste otra cosa debe ocultarse, puede servirnos de ejemplo la luz que aparece cuando la tiniebla se desvanece, o  el sonido que aparece cuando  el silencio desaparece. Como vemos no pueden coexistir al mismo tiempo luz y oscuridad, ni silencio y sonido. A partir de este planteamiento podemos deducir que para que la visión aparezca debe ocultarse otra cosa que ocupa el lugar que la visión deberá ocupar. Durante el estado de vigilia es el pensamiento quien ocupa nuestra mente y en el estado de sueño el inconsciente, de ahí que en el punto intermedio que podríamos denominar “vacío o nada” podría aparecer y ocupar ese sitio el símbolo.

Los símbolos del camino


De forma general estamos acostumbrados a percibir los símbolos como imágenes estáticas que transmiten un mensaje cifrado que podemos llegar a desvelar. Existe otra forma de manifestación del símbolo que es dinámica y que atiende a la acepción de “convenio” y “acuerdo” a la que también hace referencia el verbo “sumballein”. En este sentido entramos en el ámbito de la teúrgia dónde el símbolo adquiere la condición de presagio divino y/o advertencia por parte del contratante inteligible al contratante sensible. Estos símbolos dinámicos suelen manifestarse a través de escenas de la vida cotidiana, mayoritariamente en la naturaleza, y por medio de actores reconocidos por ambas partes que han adquirido la condición de símbolos desvelados.

Pensamiento Tradicionalista


Lo esencial de los autores perennialistas es la recuperación, revisión, exposición, desarrollo y total afinidad con las doctrinas metafísicas tradicionales. Nos encontramos ante unos hombres y mujeres contemporáneos que por afinidad electiva, participan ideológicamente en una visión del universo muy cercana a la de Platón, Plotino, Dante, o el sabio hindú, portavoz del ‘no dualismo’ Shankara (788-820 d. JC), es decir, comparten con ellos el conocimiento y la aceptación de la Sophia Perennis.

La Escuela Tradicional, está formada por unos hombres y mujeres cuyo rasgo distintivo es el de estar interesados por la espiritualidad esotérica, esta posición no dogmática genera posturas e inquietudes muy diferentes aún teniendo la base común de la Sophia Perennis. Entre los tradicionalistas podemos encontramos cristianos, masones, budistas, musulmanes, etc. y aunque comparten ideas y premisas importantes: La doctrina metafísica, el compromiso espiritual, el rechazo por el mundo moderno, como más características, podemos imaginar que esta diversidad de puntos de vista espirituales favorece un grupo poco homogéneo, o mejor dicho, en realidad no se puede hablar de un único grupo, sino de múltiples ramas de un mismo árbol.

Para Seyyed Hossein Nasr y los tradicionalistas, significa exactamente: la comunicación de verdades y principios metafísicos revelados a la humanidad o, más bien, a un sector cósmico de la humanidad, a través de mensajeros, profetas, etc, y todas las ramificaciones y aplicaciones de estos principios en los más diferentes campos de la civilización, tales como leyes, estructura social, y por supuesto el arte y el simbolismo y, en primer lugar, el conocimiento supremo, es decir, los Principios metafísicos y los métodos para poder hacer operativo este conocimiento. Como se observará estamos definiendo una sociedad teocrática, que es lo que es una sociedad tradicional, la cual ordena todas las actividades humanas según parámetros espirituales.

Según Schuon, la dimensión estética forma parte del esoterismo, el cual ha de poder colmar todas las facetas humanas, así pues, son características de éste las siguientes dimensiones:

1. Intelectual, manifestada por la doctrina metafísica. Se dirige a la inteligencia y dará cuenta de verdades tales como: discernimiento entre lo Real y lo ilusorio, grados de Realidad divina, relación entre Realidad y relatividad, progresivo alejamiento de la manifestación del Principio y aparición del mal, etc.

2. Volitiva o técnica, que engloba los medios directos e indirectos de la vía. Se dirige a la voluntad humana y se refiere al método para poder llevar a cabo la realización espiritual.

3. Adecuación moral, que concierne a las virtudes intrínsecas y extrínsecas. Se dirige al alma humana. La realización de las virtudes –o mejor, la abstención de los vicios- no es concebida como convención social o moralismo, sino como la adecuación del alma humana a las Cualidades divinas.

4. Adecuación formal o estética, de la que derivan el simbolismo y el arte, se trata de la conformidad de las formas que nos rodean a la verdad y la belleza. Esta adecuación satisface tanto a la sensibilidad como a la inteligencia.

Las tres ideas rectoras que ordenan el universo de la estética tradicionalista son, a nuestro entender, las siguientes: Forma, Belleza y Símbolo.

Forma e Intelecto: El papel notable que juega entre los perennialistas los aspectos formales, desde el arte sagrado hasta la indumentaria o la decoración del hogar, descansa sobre: el papel configurador que se atribuye a la forma y la relación que la Forma guarda con el Intelecto.

El Intelecto transcendente es el Principio intelectual superior y pertenece a la manifestación supra-formal. El Intelecto está por encima de la individualidad humana y de todo estado particular, si bien cada ser humano posee este conocimiento superior de manera inmanente y virtual, es una facultad de conocimiento supra-racional y supra-individual, un rayo que procede directamente del Ser. Conviene distinguirlo de la razón, y la consciencia individualizada, siendo éstas facultades pertenecientes a la manifestación formal y al ámbito humano. El Intelecto es el que hace posible el conocimiento metafísico, conocimiento no humano por definición. Transmite la luz del conocimiento transcendente de manera directa, por lo que Aristóteles dice: “El Intelecto es siempre conforme a la Verdad”, “nada es más verdadero que el Intelecto” y, recordemos que la Verdad se identifica con el Principio, el Ser, pues fuera de Éste nada posee un fundamento propio. El Intelecto es el “lugar” en el cual el ser humano tiene una zona común con el Principio, participando en Él. Es el Principio en el ser humano, es la comunicación de Él mismo a Sí mismo dentro de otro diferente a Él.

Belleza e interioridad atañen a las apariencias físicas, mientras que en el orden Principal corresponden a las cualidades intrínsecas de la Esencia. En la estética perennialista la belleza es un valor objetivo. Aquí también nuestros autores comparten el pensamiento tradicional recogido por Platón, quien llegó a escribir, “No tengo interés por lo que parece bello a la gente, sino por lo que lo es”.

Arquetipo, símbolo e inmanencia. Es importante señalar que el concepto de Arquetipo entre los tradicionalistas es equivalente a las Ideas platónicas, y que por ello está totalmente alejado de cualquier connotación junguiana. La noción de arquetipo de Jung, que no sale del ámbito psíquico, como la misma expresión “inconsciente colectivo” lo evidencia, es diametralmente opuesta a la de los perennialistas, y la Sophia Perennis en general, que consideran que el Arquetipo nada tiene de “inconsciente”, ni psíquico, todo lo contrario, nada hay de más “supraconsciente”, pues los Arquetipos provienen de determinaciones del Espíritu puro. Para los perennialistas, es arquetípico aquello que revela de la manera más directa posible, en nuestro mundo limitado, la Idea divina.

Extracto de "Introducción la pensamiento estético tradicionalista" de Sara Boix Llaveria

Sobre los libros sagrados


Los Libros sagrados semíticos como La Biblia y El Corán, contienen implícitas todas las enseñazas metafísicas, pero no las exponen de manera explícita como los textos hindúes. Los tres monoteísmos semíticos son religiones dogmáticas y no sapienciales como el hinduismo. En algunos de los textos sagrados de esta última tradición se expresan verdades metafísicas sin ningún tipo de velo, cosa que en los textos semíticos no suele ser así, sino que sus formulaciones son parciales o simbólicas, a causa de su preocupación por salvaguardar el dogma, e ir dirigidas a toda la comunidad, lo que no sucede en el hinduismo, en el cual la verdad metafísica no se dirige a todos, sino a una casta sacerdotal verdaderamente cualificada para recibirla.

Nota de "Introducción al pensamiento estético tradicionalista". Sara Boix Llaveria

Las Cuatro Edades de la Humanidad


La creencia en las Cuatro Edades de la Humanidad la encontramos casi idéntica tanto en las escrituras hindúes, griegas, o latinas, pero también en otras culturas más alejadas; en realidad es una noción tradicional universal que se contrapone frontalmente con la idea moderna de evolución y progreso.

 Según la terminología griega, el ciclo de la humanidad se divide en Cuatro Edades (Yugas en el hinduismo) la Edad de Oro (Krita Yuga), Plata (Treta Yuga), Bronce (Dvapara Yuga), Hierro (Kali Yuga). Esta última es en la que nos hallamos y se caracteriza por que la mayoría de los humanos se apegan a la acción y al sentimiento, lo que hace que no puedan sobrepasar su individualidad y liberarse, espiritualmente hablando, así como por un grosero materialismo que lleva a negar el Espíritu y todas sus manifestaciones.

 Las Cuatro Edades se corresponden a las diferentes fases que atraviesa la Humanidad durante un ciclo completo (Mahâyuga) y está marcadas por un alejamiento progresivo con relación al Principio, es decir, un distanciamiento de la Unidad y de la Tradición Primordial. Este alejamiento se acelera a medida que el tiempo avanza, formando las etapas sucesivas de una materialización progresiva, en todos los ámbitos existenciales, más y más evidente hasta llegar a casi una solidificación final. 

(Referencias extraídas de Le dictionnaire de René Guénon, Jean-Marc Vivenza, Grenoble, Éditions Le Mercure Dauphinois, 2004, pp. 37-38.

Nota de "Introducción al pensamiento estético tradicionalista". Sara Boix Llaveria